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“Valparaíso marítimo y la pena patrimonial” La columna de Rafael Sarmiento

La columna de Rafael Sarmiento (Escritor y periodista chileno)

Con un amigo, historiador, estamos preparando una publicación sobre el patrimonio arquitectónico marítimo de Valparaíso. La idea es hacer una breve historia, contada en imágenes, asumiendo aquella idea “benjaminiana” de que siempre hay algo que decir, pero, mucho más, que mostrar.

Fuimos a terreno, para hacer fotos actuales de los edificios e instalaciones que forman parte de aquella histórica vocación marítima del “puerto principal” y, por más que se abra el diafragma de la lente, se ralentice la velocidad del disparador o se use el ISO en su máxima sensibilidad, las imágenes capturadas por mi Nikon réflex no logran brillar. Sí, nos tocó día nublado, eso es verdad, pero nunca tanto como para que la mayoría de las fotografías denotara con elocuencia el lúgubre deterioro de lo marítimo-portuario de un puerto que de “principal” le va quedando solo la frase de la canción “La joya del Pacífico”, compuesta Víctor Acosta.

No les entregaré aquí detalles pormenorizados del periplo de registro iconográfico que hicimos –la idea es que después lo lean y vean en el libro- pero sí les puedo adelantar que la escena es triste. Un solitario espigón en Barón, con un par de grúas en desuso, echadas al olvido, y un terminal de pasajeros sin cruceros. Una panorámica del puerto, desde el paseo 21 de Mayo, que conmueve por la escasa presencia de naves atracadas o a la gira. Hay solo un portacontenedores en uno de los sitios del TPS y tres o cuatro pequeños cargueros flotando en la bahía. Cuando pasamos por el Muelle Prat, ni las lanchas de paseo tenían movimiento. Afuera de la sede del sindicato de estibadores -que de puerta tiene una plancha de “masisa” terciado OSB, rayada con grafitis, igual que el resto del frontis- una veintena de trabajadores portuarios eventuales esperan el llamado por uno de esos turnos que tanto escasean en estos días. La “zona cero” de calle Serrano, sigue siendo eso, una “zona cero”, pese a que le dieron una manito de gato al ascensor Cordillera y funcionó algunos meses un bar The Clinic, justo al lado del monolito con las víctimas de la explosión.

Inevitablemente hay que narrar el hedor a orina humana que expele el manejo político del asunto patrimonial, el óxido que carcome los pilares de la gestión portuaria, la opacidad de la indiferencia de una comunidad que tampoco sabe mirar-se y valorarse, el hollín del decaimiento enquistado en el concreto de edificios supuestamente patrimoniales sostenidos en una mano de pintura, una ciudad marítima cuyos habitantes casi no pueden acceder al mar, una historia que se hunde en su propia bahía.

Estoy seguro de que a más de algún porteño o porteña se le cayó una lágrima, al ver por TV que las llamas se comían viva la cúpula de la catedral de Notre Dame. Claro, la imagen impacta y el bombardeo mediático se impone. Y ¿por qué no es tema, entonces, el cuidado del patrimonio arquitectónico, menos aún del arquitectónico-marítimo, en este “puerto querido”? ¿Será porque no lo alcanzan a ver desde lo alto de los cerros, o porque un indolente edificio de departamentos les tapa la vista, o porque no saben “observar”, o porque están preocupados de que un incendio forestal no les destruya la casa o primero tienen que dedicarse a juntar las monedas para comprar el pan?

Hace rato que el puerto dejó de dar trabajo –trabajo de verdad, constante, digno- y esas cosas que realmente le aportan a la ciudad. Después de las tres de la tarde de los días viernes, los gerentes de las concesionarias portuarias y sus séquitos de chupamedias desaparecen de Valparaíso. Si hasta las casas de putas tuvieron que cerrar sus puertas y ahora los marinos –casi siempre filipinos, ¿se han fijado?- no tienen donde descargar sus pasiones, acumuladas tras semanas o meses de navegación. Valparaíso ya no ofrece ni siquiera eso.

Mi amigo historiador se emociona mientras miramos el edificio de la Empremar, que aún conserva su bandera institucional en la azotea, pero que alberga oficinas de otras empresas tramitadoras portuarias o afines. Al lado, en una gigantografía de pvc se ofrecen en arriendo los departamentos del anterior edificio corporativo de la Compañía Sudamericana de Vapores, que data de la década de 1940.

“Me da pena. Me acuerdo de mi papá”, me dice mi amigo historiador. Y cómo no, si cuando su padre vivía, en los años más gloriosos de su carrera de marino mercante, Chile llegó a tener una flota de más de 100 buques. Ahora no tiene ni uno. Empremar era una de las navieras más importantes de la región, junto a CSAV, CCNI y Sonap, y era del Estado de Chile. Los negocios no saben de nostalgia y, para bien o para mal, las cosas han cambiado en materia portuaria. La tecnología irrumpió en el desarrollo logístico de los terminales marítimos, las grúas gantry se demoran 45 segundos en mover un contenedor desde el buque al camión. Todo eso no solo influye en la macroeconomía internacional, también lo hace en la economía local, provoca impacto laboral, ambiental, social, cultural.

Pero la experiencia dice que una ciudad marítima es sinónimo de un lugar que genera comercio, cultura, prosperidad. Y lo cierto es que el recorrido que hicimos con mi amigo historiador por aquellos lugares donde debiera estar ejerciéndose esa “maritimabilidad” muestra muy poco de aquello.

De la maravillosa síntesis de estilos arquitectónicos de la Europa del siglo XIX que se da en Valparaíso y que en gran medida le ha valido el título Unesco de Patrimonio de la Humanidad, forma parte también ese patrimonio marítimo que con mi amigo historiador tratamos de rescatar, o a lo menos visibilizar. Los negocios no saben de nostalgia y si el cheque trae muchos ceros, más fácil es olvidar, demoler o transformar valiosos sitios urbanos en persas, conventillos, pensiones estudiantiles o iglesias evangélicas.

¿Dónde está el “ser porteño”, ese que a diario baja al “plan” por empinadas escaleras, bajadas vertiginosas, vericuetos empedrados o serpenteantes callejuelas, para imbuirse en una urbanidad cosmopolita, repleta de historias de navegantes del mundo que pululan entre edificios centenarios, de indiscutible valor cultural, como muchos de los que forman parte de esta ruta histórico-arquitectónica-marítima-patrimonial de la que al menos estamos dejando registro visual, antes de que todo se vaya al carajo?

Partamos por mirar, por aprender a ver, a detener la mirada en nuestro entorno. Veamos, por ejemplo, el documental “A Valparaíso” del cineasta holandés Joris Ivens, un bello retrato de ese “ser porteño” único, que habita una mítica ciudad-puerto en el fin del mundo. Y más que organizar basurientos carnavales, con batucadas arrítmicas y tambores hediondos a deposiciones digestivas humanas, ocupémonos primero de valorar, con actos concretos y políticas serias, la memoria histórica que sostiene la identidad de Valparaíso. En esa historia es fundamental e innegable su vocación marítima y un rasgo concreto de ese relato de tejido identitario local es el patrimonio arquitectónico, particularmente el marítimo, que en gran parte sigue en pie, pero en franco y vergonzoso deterioro y a vista y paciencia de autoridades y de poderosos entes privados que o no les importa o simplemente no están a la altura del desafío.

Para “pasar la pena patrimonial” nos fuimos al restorán Hamburgo. Queríamos saborear los arenques encurtidos, un pescado salado y avinagrado importado desde Alemania, típico de este lugar que también forma parte de la ruta que estamos registrando. Terminamos comiendo chuletas de cerdo, porque la mesera nos dijo, sin esconder su pena, que ya casi no llegan al puerto de Valparaíso los buques que solían traer aquel apetecido producto germano. “Así, ni un brillo”, me dice mi amigo historiador, mientras caminamos en dirección a la plaza Aduana, para “bajar” las chuletas y seguir sacándole fotos al Valparaíso marítimo de hoy.

Por Rafael Sarmiento

Escritor y periodista chileno

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